Los últimos días han venido marcados por un debate económico en relación a la deuda pública, algo que siempre ha parecido una cuestión técnica. No quiere decir que endeudarse sea negativo, sino que el nivel de la misma y, sobre todo, el coste de financiarla, importan cada vez más.

Los últimos días han venido marcados por un debate económico en relación a la deuda pública, algo que siempre ha parecido una cuestión técnica. No quiere decir que endeudarse sea negativo, sino que el nivel de la misma y, sobre todo, el coste de financiarla, importan cada vez más.
Hemos visto el bono de EEUU a 30 años en rentabilidades récord, superando el 5,33%, niveles no vistos desde 2007. Ese movimiento no afecta solo al tramo largo puesto que el bono (10 años) referencia para hipotecas y créditos subió por encima del 4.7%.
Los Estados han acumulado elevados niveles de endeudamiento después de sucesivas crisis y de años de políticas expansivas. Aunque he mencionado EEUU, no es un fenómeno exclusivo allí. Japón, Reino Unido y Europa se enfrentan a ese escenario. Por cierto, España no es ajena a esta realidad: 1,762 billones euros es la deuda de las administraciones públicas.
Las dificultades aparecen al tener que refinanciar esa deuda a tipos más elevados. Eso supone que una parte mayor de los presupuestos va a pagar esos intereses y el dinero no está disponible para otros usos: inversión, servicios públicos o reducción de déficit.
La cuestión, por tanto, no es únicamente cuánto debe un país, sino qué capacidad tiene para hacer frente a esa deuda. En la ecuación entran más factores: crecimiento económico, déficit público, tipos de interés y credibilidad de las cuentas públicas.
¿Y esto afecta directamente a los mercados financieros? La deuda pública es una referencia para el conjunto del sistema como un termómetro del precio del dinero a largo plazo: si los bonos ofrecen rentabilidades más elevadas, también aumenta el coste de financiación para empresas y familias. Y si suben las rentabilidades de los bonos harán que los inversores exijan una mayor rentabilidad a la Bolsa para asumir el riesgo adicional. De esa forma pueden presionar a los mercados bursátiles.
Podemos decir que hay dos aspectos a tener en cuenta y que han afectado a estas subidas y el primero se encuentra lejos de solución próxima:
- Ormuz y el petróleo: los bonos a más largo plazo son más sensibles a la geopolítica y la guerra con Irán sigue marcando el precio de la energía y, con ello, las expectativas de inflación.
- Factor Warsh: (por Kevin Warsh) nuevo presidente de la FED, que con su nuevo enfoque ha incorporado una prima de incertidumbre.
Y algo que ha intentado paliar esta subida de las rentabilidades de los bonos americanos: intervención del Tesoro americano esta semana, acelerando la recompra de bonos, algo que tuvo impacto el miércoles pero que se ha ido diluyendo.
Esto demuestra que una intervención puntual puede calmar el mercado, pero difícilmente resuelve el problema de fondo que supone un gran desafío, al tener mayores necesidades de gasto (pensiones, defensa, infraestructuras) y coste de financiación superior. El margen es limitado.
Podemos decir que no estamos necesariamente ante una nueva crisis de deuda. Pero sí ante un escenario en el que los mercados van a vigilar mucho más las cuentas públicas y la sostenibilidad fiscal de los países.
La conclusión no parece sencilla: aunque la deuda permita financiar el presente, compromete una parte del futuro. La pregunta no es cuánto se endeuda un Estado, sino para qué lo hace, si puede permitírselo y quién terminará pagando la factura.
Francisco González
Colaborador de eii