El verano se acerca a su fin y, como ya es tradición en esta época, el foco de los mercados ha estado fijo en Jackson Hole. La reunión anual de banqueros centrales americanos se convirtió, una vez más, en el centro de atención para medir el rumbo de la política monetaria global.

Jerome Powell envió un mensaje nítido. La Reserva Federal no se va a comprometer con un camino fijo y actuará solo en función de los datos. Eso sí, reconoció la presión inflacionista de los aranceles y la desaceleración en el mercado laboral, y abrió por primera vez la puerta a un recorte de tipos en septiembre. Los mercados reaccionaron de inmediato con alzas en las bolsas, rentabilidades de la deuda a la baja y un dólar debilitado frente a sus principales pares.
Con el índice PCE, el termómetro inflacionista favorito de la Fed, cumpliendo las previsiones del 0,3 % mensual y un 2,9 % anual, las miradas están ya puestas en el dato de empleo de agosto. El mercado descuenta casi por completo un recorte de 25 puntos básicos, con la expectativa de que no haya sorpresas en los datos y reforzado por el giro en los últimos meses de miembros la FED tradicionalmente más reticentes a bajar tipos.
La Reserva Federal también enfrenta un pulso institucional que continúa aumentando la incertidumbre en los mercados financieros. El presidente Trump ha destituido a la gobernadora Lisa Cook, acusándola de fraude hipotecario (una medida sin precedentes que rompe con la independencia del banco central) y ha sido demandada por considerar el despido ilegal. El caso queda ahora en manos de la justicia federal, que tendrá que decidir si dicho cese puede ser bloqueado.
Mientras tanto, en Europa, Francia vuelve a ser fuente de preocupación. La incertidumbre política en París ha pasado factura: el CAC 40 pierde más de un 3 % en la semana. La falta de una mayoría parlamentaria sólida y la dificultad para sacar adelante reformas clave para adelgazar su gigantesco estado, han aumentado la prima de riesgo francesa y tensado la deuda soberana. El contraste con Alemania, donde los datos industriales siguen débiles pero la estabilidad política actúa de contrapeso, pone a Francia en el centro de las dudas de los inversores.
En Wall Street, en cambio, la confianza permanece intacta. El S&P 500 y el Nasdaq se mantienen en zona de máximos históricos, apoyados en unos beneficios empresariales sólidos y en la expectativa de que la Fed baje los tipos de interés. La temporada de resultados llega a su fin sin decepcionar al mercado, aunque unos aranceles que ya afectan a los márgenes y un menor crecimiento de los ingresos reales, son riesgos que habrá que vigilar de cara al segundo semestre.
Los mercados terminan sus vacaciones como las empezaron, preocupados del ruido político, pero con avances sólidos. Veremos lo que nos depara el último cuatrimestre del año.
Alberto Reguera
Colaborador de El Inversor Inquieto