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Viernes, 25 de Septiembre de 2020

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10 formas en las que tu mente te traiciona al invertir

El homo economicus es el Alexa o el Siri de los economistas neoclásicos. Una elegante modelización de la conducta humana, que siempre persigue su propio interés de forma sensata y racional. Un robot que responde a los estímulos monetarios con la precisión de un algoritmo. Lo malo es que el ser humano dista mucho de ser esa perfecta máquina de tomar decisiones. A menudo, elegimos mal. Tomamos decisiones que nos perjudican. No escogemos el camino más fácil. Ni calibramos adecuadamente los riesgos. Ni valoramos bien todas las alternativas que tenemos.

10 formas en las que tu mente te traiciona al invertir

Desde hace cuarenta años se ha desarrollado una rama del conocimiento conocida como la economía del comportamiento. Un híbrido entre psicología y economía que analiza cómo actúan las personas al tomar decisiones económicas, en lugar de teorizar sobre cómo deberían comportarse. La culminación del ascenso de esta rama del saber fue la concesión del Premio Nobel de Economía en 2002 a Daniel Kahneman, uno de sus principales teóricos.

Entre los grandes avances de la economía del comportamiento está el detallar con precisión los fallos del sistema. Todas las trampas que nos hacemos al solitario cuando tomamos decisiones que afectan a nuestro patrimonio. Se denominan sesgos del comportamiento y hacen que actuemos de forma poco racional y que tomemos muchas decisiones que van en contra de nuestros intereses. Un riesgo que se hace muy patente en momentos de elevada incertidumbre como el actual.

1. Sesgo de exceso de confianza

Las personas nos creemos más listas de lo que somos. Creemos saber cómo funcionan las cosas, cuando realmente solo tenemos una idea puramente superficial. “El sesgo del exceso de confianza es uno de los más perniciosos que existe. Te puede llevar a pensar que la probabilidad de que tu inversión fracase es muy baja”, explica María Eugenia Cadenas Sáez, analista del área de educación financiera de la Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV).

En el ámbito financiero, una persona confiada tiende a infravalorar los riesgos de sus decisiones, a la vez que va a sobreestimar las ganancias esperadas. En general les lleva a realizar compraventas en exceso, incurriendo en altos costes de transacción que reducen la rentabilidad y a tener carteras de inversión no suficientemente diversificadas.

Un buen ejemplo de este sesgo son los estudios que han preguntado sobre la conducción. El 94% responde que conduce como la media o mejor que la media, lo cual es evidentemente imposible.

Esta falla está muy ligada al sesgo de ilusión de control y al de exceso de optimismo.

2. Sesgo de confirmación

“Ves, lo que te decía”. Con esta breve frase se podría describir esta trampa de nuestra mente. “El sesgo de confirmación implica la recolección selectiva de evidencias. Solo hacemos caso a las que concuerdan con nuestra tesis”, apunta Cadenas.

Si una persona, por ejemplo, considera que las empresas tecnológicas son demasiado complejas para invertir en ellas, estará pendiente de cualquier noticia o informe que refuerce su tesis. Cuando una tecnológica anuncie una revisión a la baja de sus ingresos dirá: “lo ves, si es que no te puedes fiar”. Lo que le costará más es ser lo suficientemente humilde como ver la espectacular revalorización que ha tenido el sector en la última década y admitir que tal vez se ha equivocado. El inversor más famoso del mundo, Warren Buffett (máximo accionista de Berkshire Hathaway) lo hizo. “He sido idiota por no haber invertido antes en Apple”, llegó a reconocer.

Esta falla en el sistema está muy conectada con el sesgo del anclaje. Que consiste en dar más peso a la información obtenida en primer lugar que a una información nueva que la contradice. Su denominación se debe a que esas ideas previas en ocasiones suponen verdaderas anclas difíciles de soltar. En el mundo de la inversión se aprecia con frecuencia este sesgo, por ejemplo, cuando se presenta en primer lugar la rentabilidad de un producto de inversión, de manera que ya no se consideren otros datos no tan positivos como los riesgos asociados, o se toma como referencia de la evolución de una acción el precio que ésta tuvo en el pasado.


3. Sesgo de la prueba social

Si unos cuantos conocidos están invirtiendo en participaciones preferentes de la caja de ahorros, que rentan un 5%, ¿por qué no voy a hacerlo yo? El sesgo de la prueba social es la tendencia a imitar las acciones que realizan otras personas bajo la creencia de que se está adoptando el comportamiento correcto.

En España, no solo ha habido inversiones masivas en participaciones preferentes (un instrumento opaco, que acabó en los tribunales, y con el Estado teniendo que indemnizar parcialmente a cientos de miles de afectados), también ha habido una fiebre por la inversión en sellos o en árboles, que han acabado en fiasco absoluto o que se han revelado como puras estafas piramidales. ¿Cómo es posible que este tipo de inversiones tan heterodoxas acabaran captando tanto dinero? Principalmente, por el efecto imitación, por el sesgo de prueba social.

En el pueblo manchego de Pedro Muñoz, de 7.000 habitantes, casi la mitad de la población había invertido en sellos de Forum Filatélico y Afinsa. Si mi vecino está ganando un 6% al año, ¿por qué no voy a hacerlo yo?


4. Sesgo de autoridad

Lo que hace nuestro vecino o nuestro cuñado nos influye. Pero también las opiniones de personas importantes. Es la tendencia a sobreestimar las opiniones de determinadas personas por el mero hecho de ser quienes son y sin someterlas a un enjuiciamiento previo.

El lunes 28 de febrero de 2020, el conocido economista José Carlos Díez (próximo al partido socialista y cuyo nombre sonó incluso como posible Ministro de Economía) escribió en su cuenta de Twitter: “¿No sabes en qué invertir tus ahorros? Compra Telefónica a 5,39€ la acción”. En ese momento, la pandemia del Covid-19 estaba ya golpeando Italia y se ha había infiltrado silenciosamente por toda España.

Si se tiene en cuenta que 10 años antes esos títulos cotizaban a 17 euros y que José Carlos Díaz es profesor de economía en la Universidad de Alcalá de Henares, podría parecer un buen consejo. Sin embargo, cuatro meses después, las acciones de Telefónica cotizan casi un 20% por debajo del precio al que Díaz recomendó comprar. Hacer caso a gente famosa no siempre es recomendable.

Otro ejemplo de los problemas del sesgo de autoridad es cuando se utilizan las declaraciones de ganadores de Premios Nobel para cualquier tema, aunque no tenga nada que ver con la rama por la que le concedieron el galardón. Ha habido Nobeles con declaraciones abiertamente racistas, conspiranoicas o directamente disparatadas. El descubridor del VIH, por ejemplo, Luc Montagnier, ha defendido el uso de la homeopatía, pese a ser una pseudoterapia sistemáticamente desacreditada por toda la comunidad científica.


5. El efecto halo

Se trata de la tendencia a enjuiciar a una persona o institución sobre la base de una única cualidad positiva o negativa que hace sombra a todas las demás. Es un sesgo muy frecuente en el ámbito de la inversión, de manera que se tiende a calificar un producto financiero como bueno o malo tomando como referencia un único dato, por ejemplo, los resultados de la empresa o la popularidad del comercializador o gestor del producto financiero en cuestión, sin considerar que ese producto financiero puede no ser adecuado para el objetivo de inversión pretendido o para el perfil de riesgo propio.

Una de las implicaciones que tiene este sesgo es confundir la notoriedad de una marca o un producto con la solvencia o el potencial de rentabilidad que tiene la compañía propietaria. Así, los inversores tienen preferencia por invertir en compañías de marcas que conocen, especialmente cuando son de su propio país. ¿Cómo no va ir bien en Bolsa Banco Santander, con la cantidad de oficinas que tienen y lo poderosos que son sus dueños? Sin embargo, la realidad demuestra muchas veces que esta notoriedad no tiene por qué estar ligada a la rentabilidad.


6. Descuento hiperbólico

Nos encantan los refranes. Sabiduría concentrada. Infalibles. ¿O no tanto? “Más vale pájaro en mano que ciento volando”. Pues depende. ¿Y si tuviera alguna forma de atraparlos? Aunque solo fuera a un 10%. El sesgo del descuento hiperbólico es la propensión a elegir recompensas más pequeñas e inmediatas frente a recompensas mayores y alejadas en el tiempo. Se debe a que la inmediatez de las recompensas tiene un gran poder de atracción.

El descuento hiperbólico puede llevar a que el inversor deshaga una inversión pensada a largo plazo y adecuada para su perfil debido a una evolución eventualmente atractiva de los mercados o la aparición de productos financieros más rentables, alterando así los objetivos iniciales y conllevando costes y riesgos asociados. Analizar probabilidades, amenazas y recompensas no siempre es fácil. Y aplicar el plan trazado aún menos.

7. Falacia del coste hundido

Esta trampa mental es especialmente nociva para los ludópatas. Cuando han perdido mucho dinero en la mesa de póquer piensan que la mejor forma de recuperarlo es seguir jugando. Craso error. Este sesgo nos lleva a mantener una inversión que está generando pérdidas ante el temor a perder lo que ya se ha invertido. En esos momentos hay que tener la sangre fría de analizar si la empresa va a poder recuperarse, sin tener en cuenta el dinero que ya se ha perdido.


8. Sesgo del ‘status quo’

Reconozcámoslo, preferimos no hacer nada a hacer algo. Nos cuesta elegir. Nos aterra errar. En el mundo de la inversión, tendemos a tomar una decisión, y a olvidarnos. Para qué cambiar. El sesgo del status quo implica que se tome como punto de referencia la situación actual y cualquier cambio con respecto a ese punto se percibe como una pérdida. Un ejemplo muy claro es lo que sucede con los planes de pensiones. Los investigadoras han demostrado que la mayoría de los ahorradores no optan por cambiar de plan, aún sabiendo que el suyo es mediocre y que pasar el dinero a otro no tendrá ningún coste.


9. Sesgo de aversión a las pérdidas

Este sesgo hace referencia a la tendencia a considerar que las pérdidas pesan más que las ganancias. Es decir, el miedo a perder algo supone un incentivo mayor que la posibilidad de ganar algo de valor semejante. A la hora de invertir, puede suceder que, con tal de no incurrir en pérdidas, se mantenga una inversión con mínimas perspectivas de recuperación y se acabe perdiendo todo lo invertido. También es muy frecuente que, cuando llegan los momentos de correcciones bursátiles, haya muchos inversores que opten por vender, porque no pueden soportar ver que sus saldos han entrado en negativo en el año. Los asesores recomiendan, en estas situaciones, recordar las premisas de las que partíamos al invertir. Si se ha aceptado aguantar temporalmente unas pérdidas de hasta el 10% hay que ser consecuentes.

10. Sesgo del punto ciego

Los espejos retrovisores tienen un punto determinado en que el coche que nos va a adelantar está tan cerca, que ya no se le ve. Ese punto ciego es especialmente peligroso, porque cuando miramos por el retrovisor no vemos nada y tenemos la falsa seguridad de que no hay coches. En la ciencia del comportamiento, se habla de sesgo del punto ciego a creer que no tienes ningún sesgo. “También se puede hablar de metasesgo, o de solo ver la irracionalidad en el ojo ajeno”, resume María Eugenia Cárdenas, de la CNMV.

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